El valor del sabor.



Cansados andamos los aficionados de escuchar gente cantar bien sin decir nada, cantaores que lo único que exponen es su capacidad vocal, su escala interminable de fuelle infinito que dejan impasible al que chanela de arte. Como si de una competición vasca de levantamiento de piedras se tratara lo cantaores de pecho palomo muestran sus habilidades. Por no hablar de la imitación milimétrica de los cantes clásicos, llegando a desafinar en la misma nota que la grabación de referencia.
Pero por suerte, y como siempre en peligro de extinción, se conservan voces fuera del academicismo, alejados de los circuitos copleros de los divos contemporáneos y que representan una forma esencial de decir el cante.
Es el caso de Mari Peña que junto a su marido Antonio Moya al toque conforman una pareja que como al lince ibérico habría que conservar como parte de la riqueza cultural de una tierra, la andaluza, cada vez menos tierra y menos andaluza.
Los de Utrera llegaron a la Casa del Arte Flamenco Antonio Mairena a calentar la gélida mañana del domingo a base de compás despacito por bulerías y alegre por soleá.
Mari se templa por tonás mostrando desde un principio sus credenciales; el gusto a cambio de las portentosas cualidades de otros.
El cante por tientos se mece en la boca de la Peña camino del tango que sabe a reunión de gitanos cabales.



Se acuerda de la reina de la soleá para dolerse en los cantes de la serneta y los valientes de Juaniquí con las manos en el pecho a puñaos en busca de eso que llamamos sabor, una cualidad que no responde al aprendizaje académico ni a la audición periódica de los cantes, sino a la vivencia personal, a la infancia con soniquete, al aire que respiran los tercios de la soleá en Utrera y en su hermana flamenca, Lebrija, y que no sale de la zona, que se queda entre las columnas de los salesianos, de la fuente vieja y los terrones de las gañanías de la campiña.
Ni la sobreactuación, ni la carencia de facultades restan calidad artística a unas enjundiadas cantiñas de Pinini, de quien si no, en las que Mari y Antonio se hablan, una con el cante y otro con el toque, como dos poetas andaluces que buscan la belleza en el fondo sin importarle la forma, solo en busca del gusto que da el sabor de lo verdadero, de lo auténtico, ahí va...de lo puro!
Reivindican el fandango por soleá como un universo propio, de la gente de Utrera, de las niñas de nombres romanceros, Fernanda y Bernarda. Fandangos a compás, no se puede cantar más flamenco porque cada sílaba reposa en el golpe preciso para que a fuego lento se cocine el mensaje jondo.
El ritmo se acelera lo justo para entrar en el mundo de la bulería, con el aire propio de la tierra, alegría despacita para dar rienda al sentimiento burlesco que antecede al cuplé imprescindible de su gente, a la copla flamenca interpretada con la rabia y el grito jondo como lenguaje expresivo huyendo de la belleza por la belleza y arrimándose al calor que da el lastimero ayeo del canto flamenco.
El calor de lo bueno caló hasta los huesos y es que hay mucha gente que solo canta bien y en la mayoría de las ocasiones esto importa poco, ayer en Mairena Mari Peña y Antonio Moya lo vinieron a demostrar.

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