Escucha un momentito, Enrique



Coge tu sillita y siéntate en frente, maestro, ya sé que no será para otra cosa es pero es que a mi me gusta el verte.
A las sillas de los cabales se les está pudriendo las "neas" de pasar puros tormentos, maestro, tu eco ha calado en nuestro ser para comprender que el sonido del cante púrpura nacía en Granada par nunca fallecer.

¡Cuánto has aportado al arte jondo, Enrique! De la vega de tu garganta fértil no manaba el grito oscuro, sino la melodía celestial, no has vivido de la interpretación sino de la creación, de la búsqueda incesante de la armonía, de los semitonos semieternos. De la aventura amorosa del fondo con la forma, donde se dan a luz las obras maestras.

Morente, tú has sido dominador de lo clásico como sustento de la creación arrolladora y contagiosa. Para los de siempre nos dejaste el quejío chaconiano aromatizado de Aurelio y Pericón, con suaves colores matronianos y gallineros, para los que no nos conformamos, el grito eléctrico de un final griego llamado Omega que busca en el poeta neoyorquino, el surrealismo, la metáfora y la renovación estilística que anidaron en el campanario de tu alma catedral. Llenaste la sinfonía de tu cante de aristas picassianas para influir en una legión de soldados flamencos que vieron en tu obra nuevos mares que navegar, nuevos mundos que cantar.

Ojalá no sea este el omega del maestro, lo que sí es seguro que comienza el alfa de una leyenda contemporánea. Anda Enrique, ponte bueno, haz el favor.

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