De Los Alcores a Los Andes


















El amor al flamenco de algunas personas, a veces, me hacen dudar de sí mi afición es verdaderamente fuerte. Les voy a relatar lo que me sucedió el pasado viernes santo en Mairena del Alcor y comprenderán lo que digo.
La cofradía de Nuestro Padre Jesús Nazareno pasa por la Plaza Antonio Mairena sobre las doce del mediodía cada viernes santo, allí estaba yo con mi familia a la espera de la saeta que desde la Casa del Arte Antonio Mairena, situada en dicha plaza, se le reza cantando a todas las cofradías que por allí posesionan. Desde un balcón de dicha peña, asomaba la figura de Miguel Lara, joven cantaor de grandes facultades, que lanzaba sus flechas de pasión a la virgen de la Amargura. Al terminar, un amigo me comentó que un señor con acento extraño le había preguntado por la Peña Antonio Mairena y por sus monumentos. No habían transcurrido dos copas de manzanilla cuando Manuel Jiménez Ríos, presidente de dicha peña me llamó para que conociese a Julio Alberto. Me encontré a un hombre alto con lágrimas en los ojos contemplando las fotos y estatuas que decoran las instalaciones de la peña. Muy emocionado, Julio, me contó que había viajado desde Argentina hasta Roma para visitar una hija suya y una vez cruzado el Atlántico, no podía dejar escapar la oportunidad de visitar uno de los lugares más importante de su mundo, La casa del Arte Flamenco Antonio Mairena. ¡Que “ange” más grande! Que cómo estaba en Europa, le venía bien tomar un avión desde Italia para acercarse a ver la tierra del maestro Mairena. Era un tipo bastante amable y educado. Este argentino flamenco, nos estuvo hablando, con esa manera que tienen, de las Casas de España en su país, de la que es directivo, de cómo el flamenco es una de las ofertas culturales más importantes en Buenos Aires y de la cantidad de aficionados, artistas y flamencólogos con los que cuentan. Nos hicimos varias fotos y el presidente le obsequió con una insignia de la casa del arte flamenco, varios llaveros y discos a lo que Julio respondía emocionado y un poco extrañado de tanta amabilidad. Antes de irse nos informó sobre su intención de pasar por Utrera antes de volver a Roma para empaparse del aroma de la tierra de las niñas, Fernanda y Bernarda. No le importaba que estuviera en la calle la Macarena, ni los espetos de la playa malagueña, ni la vasta oferta turística de nuestra semana santa andaluza, gastó su tiempo entre Mairena y Utrera, entre Antonio y Fernanda y Bernarda.
Me satisface saber que por todo el mundo hay gente que se emociona con el quejío negro de una seguirilla, le duele el sonío de los acordes de la sonanta por tarantos y goza con una pataíta por bulerías, un brindis por su tango argentino y otro por los de Triana.

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