Macandé, locura flamenca desde la cuna


La importancia de los pregones, que vociferaban los vendedores ambulantes, tiene su parte de importancia en la creación del flamenco. Fíjense que uno de los más renombrados en la historia de nuestro arte es el que, por pravianas, cantaba un niño gaditano llamado Francisco Gabriel Díaz Fernández, conocido por le sobrenombre de Macandé.

Tanta locura emanaba su cante que él mismo calló en ella, acabando sus días en el manicomio de Cádiz. Nació en 1897 y vivió sólo 50 años. Vendía caramelos liados en estampas de toreros, a los que dedicaba su pregón con reminiscencias asturianas, aunque acababa por bulerías si las estampas eran de futbolistas.

El propio Caracol lo visitaba en el manicomio para robarles los sonidos por fandangos del Macandé flamenco. Lo curioso es que, aún, teniendo poco material fiable sobre la biografía del pobre Gabriel, hace unos días el investigador-artista, José Luís Ortiz Nuevo nos dio a conocer, en su "Eco de la memoria" una noticia publicada en el Diario de Cádiz, allá por el año 1908, que recoge algunas de las aventuras de este romántico personaje. Vaya prendita era nuestro niño Macandé, el artículo no tiene desperdicio. Gracias al maestro Ortiz Nuevo por regalarnos, tantas perlas recogidas de las hemerotecas coralinas de todo el mundo.


Desde hace varios días no parecía por su casa un gitanillo de 8 o 9 años, muy popular en el barrio de Santa María, conocido por Macandé, el que cultiva por cierto con aprovechamiento, el cante flamenco.
Al principio la familia no se alarmó mucho, empezando por buscarlo en la Prevención Civil, donde ya ha estado varias veces; pero por nada malo, según él dice, sino por meterse en juerga.
También pensaron los suyos que pudiera haber ido a cantar a San Fernando o a alguna población comarcana, según había hecho en distintas ocasiones. Pero pasó más de una semana y Macandé no parecía, a pesar de que fue buscado por la policía y la guardia municipal.
El popular artista llegó anoche en la góndola de Algeciras, en la que vino, unas veces en el estribo y otras con los pasajeros, distrayendo a éstos con malagueñas y guajiras.
Hoy ha estado en los establecimientos que suele frecuentar en la calle Nueva contando las peripecias de su odisea. Había marchado a pie por la carretera siguiendo a la sección de Administración Militar que estuvo acampada en Puerta Tierra. Comió rancho con los soldados y con ellos hizo la vida de campamento.
En Algeciras recorrió varios establecimientos buscándose la vida cantando, y cuando sintió la nostalgia del hogar paterno, empezó a caminar por la carretera que ya conocía y hubiera seguido andando hasta Cádiz si no se hubieran apiadado de él, el mayoral de la góndola y algunos pasajeros de la misma.

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