El Cabrero, el último pistolero.



Siempre he tenido predilección por los hombres valientes, imagino que más bien será envidia y, aunque no comparta sus ideas o acciones, me causa admiración todo aquél que, mirando a la cara, dice lo que la gente no quiere escuchar, sólo porque él sí cree en sus palabras, cueste lo que cueste.

José Domínguez Muñoz de Aznalcóllar, es un cabrero de herencia que encontró en el flamenco un lenguaje con el que protestar, levantar el puño o contestar a una sociedad que no entiende, y con la que no se identifica.

Desde luego que el Clint Eastwood de lo jondo ha sido el bueno, el feo y el malo en los últimos 40 años, y que sus cantes contestatarios le han llenado los bolsillos de aficionados y duros durante mucho tiempo y ni que decir tiene que sus cualidades musicales son de una extraordinaria belleza, siempre rural, con olor a aceituna gordal y sabor a leche de cabra, pensamientos del terruño con bucólicos sonidos camperos.



Su marcada personalidad la proyecta en el escenario a través de una estética única y un trasfondo político que, de un tiempo a esta parte, le acarrea más dolores de cabeza que alegrías. Es posible que en los tiempos que vuelan y en una sociedad adormilada, y principalmente urbana, haya perdido sentido, pero ahí sigue con su vara separándose del ganado humano a base de palos.

Este cantaor antológico, con una discografía extensa y variada, merece el respeto y la admiración de los aficionados al flamenco, incluso como es mi caso, cuando no se comparte algunas de las cosas que dice cantando, ni siquiera conceptos musicales. Pero cuando desenfunda la de las cachas de nácar siempre apunta a lo que cree, sin ojana. Eres el último pistolero del cante. Ole tu, José.

Cuando hay algo que decir
no se puede uno callar
porque callar es morir

Dale al Cante libertad
y que el aire se la quite
que no se la va a quitar

A los árboles rebeldes
se les vuelve en contra suya
hasta el agua de la fuente


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