Perrate de Utrera, otro puntalito.


En el cante por soleá se encierra el secreto de lo jondo conjugando la emoción, la tragedia, el drama y los sentimientos del mundo con la melodía, la armonía y el ritmo de la música más hermosa jamás cantada.
Matizar en el cante por soleá está al alcance de pocos cantaores, incluyendo a mucho de los profesionales que ha conocido la flamencología. Trasmitir apoyado en el compás de amalgama y amarrado en los arcos melódicos que desde hace siglos interpretan los flamencos es tarea para los elegidos por los duendes del arte.
Cantar bien no vale. Conozco a muchos artistas que cantan perfectamente los estilos soleaeros, llegando a cada nota, aguantando justo el compás donde entrar y subir, salir y bajar, afinando como un tenor de escuela, pero que no traspasan lo meramente matemático de la música, sin doler ni arañar el alma de aquél que sabe escuchá.
¿Dónde reside el secreto del cante por soleá? ¿Qué laberinto estético hay que salvar? No tengo ni la más remota idea.



Pero sí tengo claro que voces como la de Perrate de Utrera encerraban el secreto, su garganta se convertía en el santo grial que todo tercio de Alcalá, Utrera o Cádiz lo convertía en oro.
La parte irracional de la música, la que hiere los sentidos, conformaba la gracia cantaora de un constructor de sillas de enea que soñaba con seguiriyas y con colores morenos, gitanos.
Familia de la Serneta, quién le dejo en herencia el metal para la fragua de sus soleares, y que martilleaba el propio Juaniquí con el compartió ratos de esencia flamenca.
Sí supiera este gitano lo que aún provoca en las almas de los aficionados jóvenes se sentiría orgulloso de haber conseguido estimular a base de cante moreno, con la emoción como valor musical.
Eternamente agradecido a Don José Fernández Granados, Perrate de Utrera.

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