El cante hecho carne.



Una reunión más y un momento único, la eternidad del instante.

El sonido de la guitarra se mece en la oscuridad de lo transparente, Juan Antonio Muñoz se abraza a ella en mitad del océano y susurra gritando acordes clásicos en busca del dorado, el oro viejo que solo se aprecia en la cercanía de la reunión.

De pronto brilla la voz varonil del que se duele de veras. No inventa, no imita no se puede exportar al gran recinto, ni debe, ¿para qué? El Moneo grande, Manuel, se templa porque sí, porque le da la gana, porque no puede aguantarse. Entonces con el filo seguiriyero de su faca de plata empieza a apuñalar con la precisión del cirujano en busca de las costuras del cante ortodoxo, sin más pretensión que trasmitir que retorcer las carnes de aquellos que forman parte de la comunión flamenca. Despacito, parao, para correr al circuito, niño.

Y dibujando estampas en la quietud del tiempo corre hacia el macho que mate al cabal. Este cante se saborea en la boca, con todos los sentidos en silencio, no se puede pedir un "Luis Felipe" en la discoteca, el ruido es para los que no se sientan a escuchar.

Y qué más da si fue en la Peña Los Cernícalos en Jerez y si Juan Antonio presentaba su libro sobre Antonio Mairena y si tocaba para cerrar la conferencia y si el patriarca de la Plazuela no tiene dueño, nada, no importa nada. Se trata de sacar el corazón por la boca cuando éste no se puede quedar encerrado, es entonces cuando el cante le pega un puntapié al pentagrama, al orden y la lógica, y se hace carne.

Todo lo que nos sea el momento vale de poco pero algo se vislumbra en la siguiente grabación. Hay que conformarse.

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