La Bienal, el flamenco y sus “caunás”.


No debe ser fácil organizar un festival de este calibre, con dinero público, con éxito de venta y además contentar a todo el entramado cultural que lleva a cuestas el flamenco. Y menos esto último, parece que el señor Domingo lo va a conseguir.

Al igual que en los mundiales de fútbol, a los aficionados flamencos, cada dos años, nos sale el seleccionador que llevamos dentro, organizando una Bienal distinta a la planteada, basada en gustos personales e ideologías fundamentalistas. Tropiezan en mi cabeza algunas preguntas. ¿Es la Bienal la encargada de decidir qué es el flamenco y qué no? ¿Debe prevalecer una actitud cultural y promocional ante una rentabilidad económica o política? El cartel de “No hay billetes” no asegura el triunfo del arte pero si la difusión de lo jondo, en el caso que lo haya, claro. Desde luego esta edición no va dirigida a los que la historia puso el nombre de cabales, a aquellos amantes majaretas que sueñan despiertos con los sentimientos negros del mundo flamenco al compás de la seguiriya o el ritmo del tango.



Ahora bien, es posible que aquellos sensibles a la música jonda puedan debutar en la próxima bienal como aficionados en potencia, quién sabe. Sí revisamos la historia del flamenco observamos que viene marcada por los gustos del gran público. Cuando el término subvención era extraño para los farrucos y se comía de la taquilla, se crearon maravillosos estilos de fandangos, o cantes de ida y vuelta, o rumbas, o cantes de levante a gogó, o estilos hermosos de seguiriyas y tonás, dependiendo del gusto reinante en cada época, el propio trascurrir del tiempo se encarga de cernir el barro del oro. Demasiado barro el que recubre grandes pepitas oro, casi lingotes, en el 30 aniversario de este formato internacional de espectáculos flamencos. Pero esa es mi opinión, y es que, como se dice en mi pueblo; “ca uno es ca uno, y ca uno tiene sus caunás”.

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