Lo mejor del I Congreso Internacional Flamenco.
Salí de trabajar del turno de noche, como era sábado por la mañana la carretera se encontraba prácticamente desierta y sólo la voz de Isabel Gemio acompañaba mi trayecto hasta el convento de Santa Clara. Caminé hasta la Alameda observando como algunos jóvenes seguían de viernes noche pero ya con gafas de sol, pinturas corridas y cubatas aguados.
El fresco de la mañana ganaba la batalla, pero por poco, al sol recién asomado entre las columnas de Hércules, mientras, escuchaba el ruido del vapor de una máquina de café que salía de un bar, cuando cesó se podía oír el aleteo de las palomas que tomaban parte del paseo sevillano. Me senté a desayunar a la par que el color del espacio iba mudando hasta la claridad infinita que posee Sevilla, pan con aceite y uno con leche para rematar fumando un cigarrillo en silencio. Al girar la cabeza me percaté que mientras la estatua de Chicuelo le daba un capotazo a la tristeza, la de Caracol parecía templarse por soleá, solo para mi, casi podía escucharlo, la de Pastora, erguida y señorona presumía como la diosa que es.
Ea, pues hasta aquí lo mejor del I Congreso Internacional de Flamenco. Aunque para ser justo y no finalizar el artículo aquí, tengo que reconocer que disfruté mucho con las charlas de pasillo, en las comidas, en los cafés, con gente interesante con mucho que decir y de la que aprender, algunos famosos escritores flamencos, otros artistas de primera línea, representantes artísticos, dueños de tablaos o amantes sin más de este arte.
Con esto no quiero decir que el congreso fuese un desastre, de hecho, hubo intervenciones dignas de elogio y alguna mesa redonda que aportó cosas muy interesantes, además, sólo asistí a una mesa de trabajo de las tres programadas (porque eran al mismo tiempo que si no...) así que no puedo hacer una valoración global. Pero también intuí que los personajes que siempre han comandado este tipo de citas flamencas desde hace décadas, están sufriendo el atropello de cientos de nuevos estudiosos del género flamenco que se plantean su devoción de forma seria y rigurosa, a los que es difícil dar gato por liebre y que están desprovisto de la caspa que rodea a la afición flamenca en muchos casos. Por cierto nada tiene que ver con la edad, más bien con la actitud y la (in)capacidad de adaptación a los cambios de la nueva era.
Pienso que no se alcanzará el objetivo principal de rellenar el libro blanco del flamenco, ni siquiera para escribir el prólogo ha dado la cosa, pero siempre queda algo.
De hecho, la experiencia ha sido positiva, personalmente claro, y abogo por su continuidad aunque únicamente sirva para constatar las carencias con las que cuenta nuestro arte, desde luego yo aportaré las mías para el próximo año en el caso que el político que toque en turno no suprima la cita, y sino ya nos organizaremos para quedar en una venta o algún cuarto de cabales.
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