
Mira si estoy contento que ni los paradojas políticas ni siquiera la alerta meningococica que me acecha borran esta estúpida sonrisa que refleja la pantalla de mi Cd.
Se rompió la fuente anunciando un chorro de vida, alegría en canales. El agua rota, como crujieron los cristales de mis ojos al salir del túnel que le traía a este mundo, el mismo mundo que vuelve a sonreírme, a darme el privilegio de ser reinado.
El llanto líquido de un precioso ser que te golpea los sentíos situándote en el universo, un golpe seco de realidad.
Los flamencos no somos felices, la felicidad se convierte en un término demasiado ambiguo, etéreo con connotaciones filosóficas y sicológicas, los flamencos estamos alegres, contentos y a gusto, palabras que además entran mejor a compás.
Y a compás de bulerías me late el pecho desde que la mía, una leona de mujer parió luz y color. El amor y profesionalidad de los trasportadores de ángeles ridicularizaron el salario que reciben demostrando que no es un trabajo, es una vocación del cielo para regalo de los mortales.
Ahora busco un ágora donde encontrar solución al nuevo conflicto. El planeta de mi vida tenía rey y giraba en torno suyo, incluso lo adoraba como al dios sol, a partir de ahora este mismo astro siente la gravitación de una nueva reina, dos soles para un mismo mundo, mundo que teme y padece, que lucha y llora, que piensa y obedece pero que pide a gritos desde el núcleo ardiente de su persona; ¡Bulerías, vengan bulerías que me pide el cuerpo fiesta y alegría!